Lo que siento por ti

Lo que siento por ti no se puede expresar con palabras,

         pero intentaré.

Lo que siento por ti es más profundo y más amplio

         que incluso los océanos.

La extensión de aguas no podría ni acercarse

         al amor que te tengo.

La profundidad del mar es menos que una sola gota

         de lo que siento por ti.

Las lluvias podrían inundar toda la tierra

         y tampoco sería más grande que nuestro amor.

Lo que siento por ti se desarrolló en instantes,

         y a la vez sigue creciendo.

Cada día aprendo cosas nuevas sobre ti

         y cada día me asombras más y más.

Jamás pensé que podría sentir algo tan fuerte

         que mi corazón no pudiera contenerlo.

Mi amor por ti excede la capacidad de mis células

         y no lo puedo negar.

Lo que siento por ti no tiene límites

         y sigue expandiendo más aún.

La palabra “sentimiento” no es suficiente

         para describir lo que tenemos tú y yo.

Mi cerebro piensa en amarte, mi corazón quiere amarte,

         y mi alma necesita amarte.

Con cada fibra de mi ser,

         deseo y planeo amarte.

Lo que siento por ti no tiene fin,

         y sé que nunca se va a acabar.

Nunca antes hubiera podido imaginar

         que el amor fuera así.

Tan fuerte es lo que siento por ti

         que no lo puedo mantener adentro.

Con gozo y alegría te amo

         en cada momento de mi vida.

Lo que siento por ti es el amor verdadero

         que crece y crece y no deja de crecer.

Cada día pienso que no sería posible

         amarte más.

Pero cada día que sigue me doy cuenta

         de que estaba equivocado.

No hay otra palabra que amor para describir

         lo que siento por ti.

Lo que siento por ti nunca será superado,

         sin importar lo que pase.

Si te llevaran al otro lado de la galaxia,

         seguiría amándote.

Si me prohibieran de verte para siempre,

         seguiría amándote.

Y sabiendo bien que esas dos cosas podrían pasar,

         seguiré amándote.

Lo que siento por ti, amor mío,

         es amor como Dios lo destinó.

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Así Soñamos

Soy como las nubes que flotan arriba,
sin peso, e intocable.
Soy como las brisas que provienen del mar,
presente, pero invisible.
Vacías son las palabras que me dicen,
falsas las sonrisas.
Huecas son las almas que me enfrentan,
blancas las páginas.
Los ojos que me miran no me ven,
sino pasan a través de mi.
Las palabras se dirigen en mi dirección,
pero no me llegan a mi.

Siento que son sinceras,
que sus palabras son genuinas.
Quiero creer en sus promesas,
que su apoyo llegará en algún momento.
Les miro a los ojos y pienso,
me ven a mi también.
Les cuento mi historia y confío,
me escuchan y recordarán.
Pero miles de miradas he compartido,
y muy pocas perduran.
Miles de veces he compartido mi corazón,
y muy pocos se acuerdan.

Sé que el mundo les llama,
y que sus días deben estar llenos.
Sé que la vida es complicada,
y que hay un montón de cosas que hacer.
Sé que lo que pido puede ser difícil,
pero no pensaba que era tanto.
Sé que lo que quiero puede ser mucho,
pero no sabía que sería para tanto.
Pero después de todos mis intentos,
parece que es así.
Después de todos mis esfuerzos,
realmente es así.

Nunca me creí egoista,
de hecho me creo humilde.
Nunca me tomé por exigente,
de hecho pido súper poco.
Lo que pido en el fondo es simple,
es algo realmente básico.
Lo que busco no debe ser tan raro,
debe ser dado por hecho.
Lo que pido debe ser algo común,
pero no.
No lo es.

Cuando me miran con sus ojos,
sólo pido que me vean…
Cuando me oyen con sus oídos,
sólo pido que me escuchen…
Cuando prometen ayudarme,
sólo pido que cumplan…
Cuando me dicen palabras,
sólo pido que sean sinceras…
Y cuando les cuento mi historia,
sólo pido que la recuerden…
Así soñamos las brisas del mar,
y las nubes del cielo como yo.

Los Tres Bandoleros

Érase una vez un grupo de tres amigos que se llamaban los bandoleros. Vivían juntos, comían juntos, y todo hacían juntos. Nunca fue visto uno sin los otros. Tampoco fueron visto dos sin el otro. Siempre andaban juntos. Pero así se distinguieron: uno era demasiado alto, uno era bajito y gordito, y el tercero tenía una barba que casi llegaba a su cinturón. Se llamaban los bandoleros porque les encantaba causar caos. Adonde iban siempre dejaban detrás algún lío, siempre huyéndose sin ser capturados. Y aunque eran ladroncitos, eran encantadores y siempre simpáticos. A pesar de que los guardias del pueblo sabían que eran así, nunca alcanzaron pillarlos en el acto. Eran rápidos, quietos, y listos. Y así vivían, todos los días, todos los años.

Un día llegaron al pueblo tres extranjeros. Se fueron directo al mercado central y empezaron a observar a la gente. Conversaron con los vendedores, charlaron con los niños, y se fijaron en el ritmo de la feria. Al fondo habían dejado sus bolsas y maletas.

De repente, llegaron los tres bandoleros al mercado. Como era costumbre, los tres entraron corriendo y gritando, saltando y cantando. Hacían todos tipos de ruidos y chocaban con casi todo en su camino. Barriles de naranjas cayeron, ruedas de carritos salieron, y todo un caos estalló.

Los bandoleros escurrieron entre todas las tiendas sacando todo lo que podían, dejando caer todas las cosas en sus bolsas. Siguieron con su payasada hasta que llenaran sus bolsas y después se dirigieron hacia las salidas. Esta vez, al pasar por el fondo del mercado, vieron tres bolsas desatendidas en el piso. Fácilmente recogieron las bolsas en sus brazos y salieron corriendo.

Cuando todo se había calmado, y todos los vendedores habían arreglado sus tiendas y contado sus pérdidas, los tres extranjeros volvieron por sus bolsas. Pero no estaban. Buscaron y buscaron pero en ningún lado aparecieron. Ahí se dieron cuenta: los bandoleros se las habían llevado.

Por las próximas tres semanas los extranjeros volvieron al mercado, ayudando a los vendedores y trabajando para recuperar lo que habían perdido. Todo ese tiempo pasaban conociendo al pueblo y a la gente. Y por el chamullo de la gente se enteraron de la rutina de los tres bandoleros. Aprendían sus costumbres, sus tácticas, y hasta sus características. A fin de mes, desarrollaron un plan.

Una noche, justo después del atardecer, los tres extranjeros se juntaron afuera del palacio. Se escondieron detrás de unos arboles y cuando preparados salieron disfrazados. Esperaron hasta que los guardias salieran a dar la vuelta por el castillo, como era rutina. Sabían que tenían unos quince minutos para entrar y salir.

Procedieron a pasar por las puertas del palacio, sin ser vistos. Poco a poco, sala por sala, avanzaron hasta el salón del trono. Ahí espiaron al rey sentado al lado de su esposa. Antes de entrar, uno de los tres gritó con voz de dama: “Socorro! Guardias, por favor! Ayuda!”

Los guardias miraron al rey, y él les dio permiso para ir a ayudar. Pero, cuando habían salido los guardias, entraron los tres extranjeros, armados con espadas y arcos. Se acercaron al rey, apuntando sus arcos a él y a la reina. Los amenazaron para que no hablaran. Después les contaron que sólo querían sus coronas y sus anillos, y ahí saldrían sin problemas. Pues el rey y la reina rápidamente les dieron sus joyas. Aunque eran carísimas preferían quedar sin joyas que quedar sin vida.

Entonces, los tres salieron del salón corriendo. No iban muy rápidamente pero por sus trucos nadie les seguía. Justo cuando salieron del palacio volvieron los guardias. Al ver los tres hombres a los guardias les dio pánico. Se dieron cuenta de que habían dejado a su rey sin protección. Así que entraron corriendo a buscarlo.

Cuando llegaron, él les contó todo, como habían entrado tres hombres para robarles sus coronas y anillos. Los guardias se sintieron horribles por haber caído en la trampa. Pues preguntaron que podían hacer para arreglar las cosas. El rey les dijo que encontraran a los tres culpables y que los dejaran en la celda del castillo.

Allí los guardias le hicieron una pregunta más al rey: “Usted les vio a los tres, cierto? Cómo se vieron?” Ahí les respondió el rey: “Uno era alto, pero muy alto.”

Y afuera del castillo el primer extranjero se quitó su disfraz: un abrigo largo, y dos palos atados a sus pies.

El rey siguió: “Uno era bajito, y muy gordo.”

Y afuera del castillo el segundo dejó de agacharse y se quitó su disfraz: una túnica grande y tres cabeceras que tenía debajo.

El rey terminó: “Y el último tenía la barba más larga que jamás había visto.”

Y afuera del castillo el tercero se quitó su disfraz: un gorro y una barba falsa que llegaba a su cinturón.

Adentro, los tres guardias se miraron con las sonrisas más grandes y el rey les preguntó por que sonreían así, y le respondieron: “Porque ahora sabemos perfectamente bien quienes son los tres culpables. Perdónenos, su señoría, y volveremos de inmediato con los tres.

Así que los guardias salieron corriendo a buscar a los tres bandoleros en su casita. Al oeste del pueblo vivían en una cabaña que ellos mismos habían construido. Y ahí estaban, cenando adentro, tranquilos. No tenían ni idea de lo que había pasado.

A pesar de eso, los guardias tenían pruebas que los culpaban sin duda. Llevaron a los tres antes del rey y él confirmó que ellos mismos le habían quitado sus coronas y anillos. Los bandoleros lo negaban todo pero no importó. Aunque ni siquiera tenían las joyas, los dejaron encerrados debajo del castillo.

Después, el rey lo pensó y decidió que les daría a sus hombres una semana para encontrar prueba del robo, y si no podían encontrarla, tendría que dejar libres a los tres.

El siguiente día los tres extranjeros pasaron una vez más por el pueblo. Primero fueron a la cabaña de los bandoleros. Ahí entraron y encontraron que era una casa normal. No habían muchas cosas, y menos sus bolsas que les habían llevado el primer día. Pero, después de mucho tiempo buscando, debajo de la alfombra central uno encontró una puerta que abrió al sótano. Bajaron uno por uno y se encontraron en un espacio gigantesco, con tantas cosas que uno no puede imaginar. Encontraron comidas, riquezas, y tirado al lado sus tres bolsas. Felices se las llevaron.

Después, pasaron al mercado. Informaron al jefe de los guardias de lo que habían encontrado y todo el pueblo se fue para la cabaña de los tres bandoleros. Afuera se crearon una fila, y uno por uno pasaron adelante a declarar lo que habían perdido por culpa de los tres. Después, el jefe de los guardias se encargó de que todas las cosas volvieran a los brazos de sus dueños. Y cuando habían sacado todas las cosas del espacio quedó sólo una bolsa. El jefe llevó el saco y salió a preguntar de quien era. Nadie lo clamó.

Abrió el saco y ahí encontró dos coronas de oro y siete anillos con varias joyas. Los tres extranjeros habían dejado el saco ahí abajo. Pero cuando el jefe los buscó para agradecerles ya se habían ido y nunca más fueron vistos. Habían salvado al pueblo del caos de los tres bandoleros y encontrado las cosas perdidas de todo el pueblo.

Y aunque salieron después de unos tres años, los tres bandoleros nunca volvieron a robarle nada a nadie.

Fin

Inquebrantable

Esta semana yo vi algo tan hermoso, y una fuerte analogía se encontró en mi mente. Se me ocurrió mientras me sentaba atrás en un pequeñito auto rojo cuando íbamos manejando en un camino de tierra, rodeados por el campo. Los neumáticos hicieron que las piedras se levantaran y constantemente chocaban con el fondo del vehículo. Lo sentía en mis pies. El auto no era bien equipado para manejar ese camino, pero nos transportó de todas maneras a salvo.

La belleza que nos rodeaba no fue algo a lo que estoy acostumbrado. Ese tipo de naturaleza no existe de donde soy. Los campos se extendieron más allá de lo que alcancé a ver con mis ojos. Fue una densidad de verde que no he visto mucho y hubo un contraste claro y lindo entre ese verde, el cielo azul, y sus nubes blancas. Había ríos y arroyos a cada rato, y troncos que brotaban como torres en medio del campo, a veces en parejas, a veces solitos. Viajamos por harto rato y no había nada aparte de la naturaleza. Fue pura tranquilidad.

Fue entonces que llegó ese momento en que apareció una imagen que aún se queda en mi mente. Desde el momento en que lo vi hasta el instante en que todo se había procesado en mi cerebro, pasaron menos de unos segundos. Para mi, fue algo pensativo y muy poderoso.

Allí íbamos por ese camino de tierra, como ya dije, y por mi ventana hubo una larga fila de arboles señalando el borde entre el camino y el campo. No eran arbolitos sino troncos tremendos y gruesos. Y en la distancia estaba la naturaleza, más bella que nunca: campo sin fin, cielos puros, remolinos de nubes, y varios colores mezclados entre todo. Cuando me enfoqué en la fila de arboles todo lo del fondo se quedó borroso. Cuando me fijé en lo del fondo, los arboles se pasaban borrosamente sin poder distinguirlos. Fue entonces que algo me llamó la atención.

Justo al otro lado de los arboles volaba un pajarito, delicado pero fuerte. Cuando me fijé en este pajarito me di cuenta de que él iba volando exactamente a la misma velocidad del auto. Ni avanzó adelante, ni quedó atrás. Fue constante e inquebrantable. Y cuando lo miré fijadamente, la fila de arboles y todo el paisaje del fondo se volvieron borrosos. Los arboles pasaban rápidamente y el campo un poco más lento, pero el pajarito estaba completamente quieto.

Ese pajarito representa a todas las personas en mi vida a quien amo, y que me aman a mí. Siempre están conmigo, resueltos e inquebrantables. Aún cuando miro hacía otro lado, o cuando me quedo distraído, están allí. Son leales y siempre confiables. Siempre estarán allí a mi lado, pase lo que pase.

Los arboles del primer plano son las personas y los lugares o aun las cosas que entran en mi vida por un tiempo breve. Pero muy pronto, sin embargo, se van. Son siempre borrosos. Los paisajes del fondo son esas personas, lugares, o cosas que se quedan por más tiempo. No desaparecen al tiro pero tampoco duran para siempre. Hasta pueden ser lindos por un tiempo, pero ellos también se van.

En la vida somos propensos a las distracciones. A veces nos fijamos tanto en estas distracciones que se nos olvida apreciar y amar a las personas más queridas en nuestras vidas. Lo bueno es que siempre estarán allí. No se marchan como los arboles que pasan borrosos. Tampoco son los paisajes que eventualmente quedan en el pasado. Las personas a quienes verdaderamente amamos, y que también nos aman, son como este pajarito: constante e inquebrantable.

El niño brincador / The Skipper Boy

Corre debajo de la luna,

y sonríe como ella.

Salta debajo de las estrellas,

y brilla más aún.

Brinca debajo de las farolas,

y lo hace sin resbalar.

Anda regocijándose,

y todo sin preocupar.

 

He runs beneath the moon,

and he smiles just like her.

He jumps below the stars,

and he shines even brighter.

He skips under the streetlights,

and he does so without slipping.

On he goes rejoicing,

and all without worrying.

Más allá aún / Beyond the Beyond

Me llevas más allá de la tierra,
a los lugares que la mayoría no conoce,
a los cielos ocultos de sueños infantiles,
a los rincones lejanos pintados por Dios.

Me llevas más allá de la galaxia,
a las estrellas distantes que antes eran puntos,
a las nebulosas luminosas que explotan con colores,
a las orillas de la existencia bordadas por Dios.

Me llevas más allá del universo,
a los destinos brillantes que alumbran la esperanza,
a las fuentes eternas que dan a luz el alma,
a las fronteras inimaginables soñadas por Dios.

Y me llevas más allá aún.

 

You take me beyond the earth,
to the places that most people never see,
to the hidden skies of youthful dreams,
to the far-away corners painted by God.

 

You take me beyond the galaxy,
to the distant stars that before were just dots,
to the luminous nebulas that explode with color,
to the edges of existence embroidered by God.

 

You take me beyond the universe,
to the bright destinations that give light to hope,
to the eternal springs that give life to the soul,
to the unimaginable frontiers dreamed up by God.

 

And you take me beyond the beyond.

La vida sin imaginar / Life Without Imagination

Imagínate la vida sin el respiro,

            sin el aire, sin pulmones, sin fortaleza.

No habría ni un segundo de euforia,

            sólo pesadumbres y anhelos sin viveza.

 

Imagínate la vida sin el color,

            sin el otoño, sin remolinos, sin resplandor.

Sería una oscura realidad,

            ausente del pintor, del creador.

 

Imagínate la vida sin el sueño,

            sin esperar, sin desear, sin poder volar.

Estarías encerrado en una jaula,

            sin saber de lo que afuera te va a faltar.

 

Imagínate la vida sin las manos,

            sin abrazos, sin caricias, sin el tocar.

No conocerías ni el toque de ti mismo,

            ni el pasto, ni el árbol, ni el mar.

 

Imagínate la vida sin la luna,

            sin belleza, sin sonrisas, sin reflexión.

Sería una vacía existencia,

            un deslucido invierno de represión.

 

Imagínate la vida sin el amor,

            sin besos, sin lágrimas, sin redención.

No estarías donde estás en este momento,

            porque sin el amor no sería la creación.

 

Imagine life without breath,

            without air, without lungs, without fortitude.

You wouldn’t feel even the slightest exhilaration,

            but rather sorrow and lifeless yearning.

Imagine life without color,

            without autumn, without swirls, without glow.

It would be a rather dark reality,

            absent of the artist, the creator.

Imagine life without dreams,

            without hope, without desire, without flight.

You’d be enclosed in a cage,

            not knowing what exists outside.

Imagine life without hands,

            without hugs, without caresses, without touch.

You wouldn’t even know the feeling of yourself,

            nor the grass, nor the trees, nor the sea.

Imagine life without the moon,

            without beauty, without smiles, without reflection.

It would be an empty existence,

            a fruitless winter of repression.

Imagine life without love,

            without kisses, without tears, without redemption.

You wouldn’t be where you are in this moment,

            for without love, creation would never have been.